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La vida de Patricia era simple. Cada día al levantarse, tomaba su café, cogía su maletín y se iba a trabajar para volver a casa con el tiempo justo para cenar, leer media hora y acostarse a dormir. Así un día tras otro desde hacía algo más de tres años.

Era socia de una de las más importantes asesorías contables de la ciudad y daba igual si era lunes o sábado, trabajar era su vida. Hasta que aquel día, por primera vez en aquellos tres años, sintió ganas de mandarlo todo al cuerno.

El reloj marcaba las tres de la tarde cuando salió por la puerta del edificio donde estaba la sede de la asesoría, fue a su casa y, tras meter algo de ropa en una maleta, volvió a salir, se subió al coche y emprendió un viaje que duraría los tres días que tenía por delante.

No sabía a dónde iría. Simplemente condujo sin mirar los carteles de la carretera, le daba igual el destino y no se fijó en más nada hasta que, un par de horas después, la luz indIcativa de la reserva de carburante se encendió. Entonces decidió que pararía en la siguiente estación de servicio.

Unos minutos después, un cartel indicativo le avisó de que el siguiente pueblo estaba a tan solo tres kilómetros. Y lo supo. Ahí era donde pasaría esos tres días si disponían de un hotel o una pensión medianamente decente.

Las calles del pueblo estaban desiertas. Sabía que iba ser complicado encontrar alguien a esa hora de la tarde ya que tenía que hacer un calor endemoniado fuera de su climatizado coche. Anduvo algunas calles más y, como no había manera de que alguien pudiera darle ninguna indicación, sacó su móvil para buscar si había algún hotel cercano a su ubicación, pero la suerte no estaba de su parte. Su compañía de telefonía no tenía cobertura en aquel pueblo.

Se vio sin carburante, sin cobertura, sin ayuda alguna y sin saber qué hacer. En ese momento la estupenda idea que tuvo en la oficina, se estaba convirtiendo en otro momento de estrés; como si no tuviera suficiente con su día a día.

Decidió bajar del coche y continuar su búsqueda a pie. El calor de aquel catorce de agosto hizo que, al respirar aquel aire caliente, sintiera como si sus pulmones se estuvieran quemando. Hacía incluso un poco más de calor que en la capital.

Subió la calle donde había dejado aparcado el coche con cuidado de no caerse. Cosa que el inexistente acerado, la pendiente y los adoquines le hacía bastante difícil. Casi se puso a saltar cuando, unos metros más arriba, vio el cartel de un bar. Su alegría se tornó frustración cuando llegó hasta él y descubrió que estaba cerrado desde hacía bastante tiempo.

Quiso gritar porque, para terminar de rematar la faena, los zapatos le estaban haciendo daño. Se los quitó y mordió el tacón para ahogar el grito que tenía ganas escupir, hasta que cayó en la cuenta de que se estaba cargando unos Manolo que le costaron cerca de ochocientos euros.

El asfalto quemaba, así que corrió calle abajo lo más rápido que la falda de tubo de aquel traje le permitía sin matarse en el intento…

Con lo que Patricia no contaba era que una de las puertas se abriera y apareciera una señora de unos noventa años bostezando como si llevara días durmiendo y se acabara de levantar. El susto provocó que cayera al suelo y rodara unos metros hasta que sus costillas frenaron contra un árbol.

Árbol del que cayó un nido haciendo que tres pequeños huevos impactaran contra su cabeza chafando su perfecto peinado.

Aquella maravillosa idea empeoraba por momento, aunque peor ya no podía ser. Pensó en levantarse rápidamente, llegar a su coche sin mirar atrás y salir corriendo de aquel pueblo infernal que tan mal rato le hizo pasar.

Intentó llevar a cabo su plan, pero sintió un dolor punzante en el costado que la dejó sin respiración e hizo que apoyara una de sus manos sobre el árbol y con la otra se sujetara el sitio donde había sentido el dolor, como si aquello lo fuera a aliviar.

—¡Moza! ¿Qué te ha pasao? —dijo la anciana gritando a pleno pulmón y haciendo que Patricia pensara que aquel grito debió escucharse dos pueblos más allá.

—No es nada señora. Ya me iba…

—¿Adónde vas así, mujer? Si tienes que tener rotas, por lo menos, dos costillas. Espera que te llamo al Raimundo; no te muevas de ahí.

—No, yo…

La señora la dejó con la palabra en la boca y volvió a entrar en la casa de la que había salido. Patricia solo pensaba en salir de aquel maldito pueblo que en tan sólo unos minutos casi la mata, pero la señora tenía razón, debía tener al menos dos costillas rotas y era incapaz de dar un paso sin que aquel dolor punzante se manifestara de una forma demasiado dolorosa.

Un par de minutos después volvió a salir y se acercó a ella dando pasitos cortos y trabajosos debido a su avanzada edad. Le dio uno de los dos bastones que llevaba para que se apoyara y no dudó en hacerlo porque casi no podía mantenerse en pie.

—Acompáñame a la casa, moza, que Raimundo tarda una media hora en llegar. Está asistiendo el parto de una de las vacas de Cipriano junto a David.

—¿Raimundo es el veterinario del pueblo? —Quiso salir corriendo en aquel preciso instante, pero casi no podía mantenerse en pie.

—No. El veterinario del pueblo es David, Raimundo es mi nieto pequeño y es médico en la capital, pero está pasando aquí unos días. Viene cada cierto tiempo para relajarse porque su trabajo es muy estresante.

Suspiró al saber que la iba a atender un médico y escuchando hablar a aquella anciana, se dejó guiar hasta que, cuando se quiso dar cuenta, ya estaba sentada en una silla, con una mano sobre el costado que le dolía y usando la que tenía libre para remover un café que olía a pueblo, que olía a hogar.

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