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Aquella sonrisa sin dientes inspiraba en Patricia una ternura que hacía mucho tiempo que no sentía. Exactamente desde que su abuela murió cinco años atrás.

La afable señora puso a su disposición todo un muestrario de dulces y pastas que provocó que salivara y fuera incapaz de resistirse a la tentación de probarlos, a pesar de su estricta dieta.

Aquel café y aquellas pastas eran lo más parecido al hogar que ya no tenía. Sus padres se divorciaron cuando ella tenía siete años y ninguno de los dos se preocupó por ella más allá su educación escolar. La única que le daba aquella sensación era su abuela y ya no estaba.

Sintió un poco de nostalgia y tuvo que mantener a raya una lágrima que pujaba por salir, hasta que la señora que todavía no le había dicho su nombre, le dio un abrazo y fue incapaz de contenerlas.

–No me ha dicho su nombre, señora.

–Me llamo María, pero aquí nadie me llama por mi nombre. Todos me llaman abuela y tú no vas a ser menos.

–Pues tiene usted un nombre precioso, María.

–Pero es lo que tiene vivir en un pueblo, que te ponen apodos y esas cosas. Y como soy la más vieja, todos me llaman «la abuela».

–Pues le llamaré como usted prefiera.

–A mí me da igual, moza. Lo único que te pido es que no me hables de usted, que me haces sentir mayor y bastante tengo con el mote.

–Está bien.

Aquella expresión le hizo reír y el dolor punzante se agudizó haciendo que se torciera sobre el costado dañado.

El calor era asfixiante y, aunque la ventana estaba abierta, entraba un aire caliente de la calle que no la ayudaba a sentirse mucho mejor. Se asomó mientras que María iba a dejar la taza de café a la cocina y a lo lejos divisó que un 4×4 subía la calle a bastante velocidad. No sabía quién lo conducía, pero era un inconsciente. Aquello era un pueblo pequeño y no era de extrañar que de cualquier casa saliera alguien; lo había comprobado hacía tan solo unos minutos.

El 4×4 frenó a escasos milímetros de la ventana por la que estaba asomada y eso le hizo dar un salto hacia atrás, perder el equilibrio y caer sobre un viejo sofá que crujió con el peso.

El dolor que sintió se le hizo insoportable hasta el punto de perder el conocimiento.

María gritó al verla caer y fue a asistirla justo cuando dos hombres de unos treinta años entraban en la casa. Los dos siguieron su mismo camino y uno de ellos, Raimundo, tras comprobar sus constantes vitales, le dio suaves palmadas en la cara para que despertara de su letargo.

–¿Cómo se llama, abuela?

–No le pregunté.

–Abuela, no puedes meter a cualquiera en casa sin saber quién es.

–Si se ve que es buena chica.

–No te puedes fiar.

–La pobre se cayó por mi culpa, que menos que darle cobijo hasta que llegaras.

–¿Qué le pasó?

–Que escuché unos tacones y poco después sentí que alguien con muy mal humor bajaba la calle. Salí a mirar, ella no me esperaba, cayó, rodó y fue a parar con las costillas en el árbol. Tiene que tener lo menos tres rotas.

Raimundo la observó y no le quedó duda de que poco o nada tenía que ver con el pueblo. Por su aspecto parecía mayor que él, pero su cara delataba que no era así. No debía tener más de treinta años.

Patricia despertó un poco perdida y Raimundo la obligó a mirarlo. Hacía mucho tiempo los ojos de una mujer no le llamaban, pero aquellos eran diferentes.

–Al fin despiertas.

–¡Augh! ¡Qué dolor! Tú…, tú eres el loco que conducía el 4×4.

–¿Loco?

–Sí, has estado a punto de estamparte contra la pared, me he asustado, he caído y no recuerdo más.

–No estoy loco, conozco perfectamente estas calles y a la distancia que tengo que frenar para no estamparme contra la casa de mi abuela.

–¿Raimundo? ¿Es usted el médico?

–¿Nos conocemos?

–Que yo sepa no.

–Pues las confianzas las deja para otro. Para usted soy el doctor Bermúdez.

–Será mejor que me vaya, no necesito de su atención.

Patricia intentó levantarse, pero su cuerpo se había quedado incrustado en el sofá que, al parecer, estaba vencido por el paso de los años. Raimundo sonrió al ver que no lo conseguía e hizo el intento de ayudarla tendiéndole la mano. Ella la rechazó e hizo el intento de nuevo obteniendo el mismo resultado otra vez.

Estaba desesperada, solo tenía ganas de llorar hasta que apareció un rubio de metro noventa que la levantó del sofá sin hacer fuerza alguna. Se quedó embobada mirando sus preciosos ojos verdes y su perfecta sonrisa, pero entonces alguien tosió tres ella haciendo que volviera a poner los pies en la tierra.

–Debería dejarme que la examine.

–No creo que sea necesario. Lo mejor será que me vaya a un hospital para que me hagan una radiografía y me digan qué debo hacer y tomar.

–Yo también creo que será lo mejor. Así que David y yo la vamos a llevar para que no tenga que dejar su coche aquí.

–Está bien, pero mi coche lo conducirá David.

–No creo que sea conveniente, no está acostumbrado a coger coches como el suyo, que imagino que será el que está aparcado calle abajo porque aquí nos conocemos todos.

–Pero si usted no sabe conducir y mi coche…

–No creo que esté en condiciones de discutir. ¿Nos vamos?

–Si no queda de otra…

–Abuela, no nos esperes para cenar. Haremos noche en la ciudad porque no sé cuánto tiempo nos llevará ayudar a la señorita… ¿Cuál es su nombre?

–Para usted, señorita Santibañez. –Miró a María y se dirigió a ella–. Para ti soy Patricia, abuela.

–Moza, tranquila. Perro ladrador, poco mordedor.

Raimundo salió de la casa con las llaves del coche de Patricia en las manos. Su perfecto puente en el pueblo se había ido a pique por culpa de aquella insolente señorita de ciudad.

 

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