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Raimundo salió de la casa con las llaves del coche de Patricia en las manos. Su perfecto puente en el pueblo se había ido a pique por culpa de aquella insolente señorita de ciudad.
Tras subirse al vehículo, que Raimundo había estacionado en la puerta de la casa de su abuela, emprendieron el camino a la ciudad.

Patricia, quien al principio estaba de los nervios por miedo a lo que les pudiera pasar por el camino, se tranquilizó al ver que conducía mejor de lo que esperaba. Aquel loco se manejaba al volante de su precioso tesoro como si lo hubiera conducido toda su vida.

En el camino intentó ignorar al hombre insoportable que tenía al lado, pero Raimundo era demasiado atractivo para no mirarlo, y en más de una ocasión estuvo a punto de pillarla. No porque se sintiera observado, sino porque él tampoco podía evitar mirarla a ella. La señorita de ciudad era insoportable, pero muy bonita e increíblemente atractiva.

Los dos estaban deseando que cualquier situación diera lugar a una charla, aunque eran tan cabezotas que ninguno estaba dispuesto a dar el primer paso. Hasta que los dos iniciaron la conversación a la vez y, debido a la sorpresa de hacerlo al mismo tiempo, se volvieron a callar.

El móvil de Patricia sonó. Era su amiga Laila que querría saber si aquella noche le apetecía salir a tomar algo con ella. No pensaba contestar esa llamada, tenía sincronizado el manos libres del coche y no quería que aquel cenutrio escuchara lo que tenían que hablar. Laila podía ser muy deslenguada cuando le venía en gana.

Con lo que no contaba Patricia era con que el teléfono descolgaba solo en el quinto tono cuando estaba conectado al coche.

—¿Hola?

—Laila, luego te llamo.

—De eso nada, que después me dan las uvas esperando tu llamada. ¿Estás en el coche? ¿Todavía no has llegado a casa?

—Ahora no puedo hablar, Laila.

—¿Qué estás haciendo? No estarás echando un polvo en el coche, ¿no?

—No.

—¿Vas camino de casa?

—No.

—¿Salimos esta noche?

—No.

—¿Sabes alguna palabra aparte de ese monosílabo?

—Creo que no —alzó Raimundo la voz en ese momento dejando a Patricia con cara de sorpresa.

—¡Uy! ¿Tú quién eres?

—¡Cuelga ya, Laila!

—¡Qué carácter, conejita!

—¿Conejita? —Raimundo aguantó la risa—. ¿Eres amiga de la Conejita?

—Sí, su mejor y más fiel amiga.

—Vamos camino del hospital y estaría bien que avisaras a alguien de su familia para que fuera.

—¿¡Qué ha pasado!?

—Conejita se ha caído y creo que tiene rotas dos o tres costillas. Tardaremos media hora en llegar.

—Está bien. Cojo un taxi y nos vemos allí.

Laila por fin colgó el teléfono y Patricia respiró tranquila. Aunque de lo único que tenía ganas era de matar a Raimundo. «¿¡Quién demonios se ha creído para decirle a nadie que vaya a buscarme!?» Lo que menos le apetecía en aquel momento era ver a nadie de su entorno. Había hecho aquel viaje porque necesitaba estar sola y en paz, y ahora tendría a Laila todo el fin de semana metida en su casa.

—Conejita, ¿te duele mucho?

—Pero… ¿quién te ha dado permiso para llamarme así?

—¡Vaya carácter!

—Para usted, Doctor Bermúdez, sigo siendo la Señorita Santibañez.

—Me puedes llamar Raimundo o Rai.

—Pues usted a mí no me puede llamar Patricia ni Paty ni Conejita. ¿Entendido? ¡Ay, que dolor!

—Si no paras de moverte, te dolerá mucho más.

—¡Qué ganas tengo de llegar al hospital y perderte de vista!

—Yo también lo estoy deseando, Conejita.

—¡Imbécil!

Los dos volvieron a sumirse en un profundo silencio hasta que llegaron a la entrada de la ciudad. Patricia le pidió que la llevara al hospital donde siempre la habían atendido, aunque Raimundo tomó el camino contrario y la llevó a una de las clínicas privadas más prestigiosas que había en toda la provincia.

Patricia intentó negarse, pero el intenso dolor que tenía en las costillas apenas la dejaba hablar. Estaba segura de que aquella clínica le costaría el sueldo de un año. Sin embargo, aquel pensamiento se nubló en su mente al igual que todo lo que la rodeaba.

Raimundo se asustó mucho al ver que se había desmayado y corrió un poco más con el coche hasta llegar a la clínica. Sabía que había sido causado por intenso dolor que tenía, aun así, no pudo evitar preocuparse por aquella Conejita insolente y preciosa que viajaba a su lado.

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